El Proctólogo

Hace un tiempito, sufrí un pequeño "accidente" mientras grababa contenido para mi canal. Terminé con un trauma en el culito que me provocó una incómoda trombosis en la entrada del anito, lo que me dejó un buen tiempo lidiando con una molestia bastante fastidiosa. Ya no podía ser penetrado; las pocas veces que lo intenté, el dolor fue intenso. Después de insistir con pomadas y otros tratamientos caseros sin éxito, decidí sacar una cita con un especialista.
Ya conocía al Dr. Oswaldo Daher de otras ocasiones. Es un coloproctólogo muy experimentado de aquí de la ciudad: 64 años, 1.83 m y más de 100 kg. El exceso de peso le da una barriguita prominente y muy atractiva. Es un hombre fuerte, bastante calvo, luciendo solo algunos canos en los laterales de la cabeza y un bigote espeso del mismo color. Sus ojos castaños claros son llamativos y sostienen la mirada sin desviarla en ningún momento. Tiene una voz grave y firme, de esas que transmiten total confianza en cada palabra. Siempre viste una camisa de vestir blanca con los dos primeros botones abiertos, por donde se escapa un mechón de pelos plateados, cubierta por la bata impecable con su nombre bordado en el bolsillo.

Es el tipo de hombre al que, en cualquier otra situación, ya le habría coqueteado de frente. Sin embargo, el profesionalismo ejemplar con el que me trataba como paciente me impedía intentar cualquier acercamiento. Pero nada de eso evitó que, en mis fantasías, me imaginara en la cama con ese oso, siendo cubierto por su cuerpo pesado y peludo.
Llamé a su secretaria y aparté el último turno del día. Llegué un poco tarde y me disculpé, explicando que siempre es complicado cerrar la tienda a mitad de la tarde. Ella sonrió y dijo que no había problema, pues la rutina en el consultorio estaba bastante tranquila y con pocos pacientes. Tomó mi nombre, lo confirmó en el sistema y me pidió que esperara unos instantes.
No pasaron ni cinco minutos cuando el doctor abrió la puerta del consultorio y me llamó. Me levanté y pasé muy cerca de él al cruzar la puerta, sintiendo el rastro suave de un perfume amaderado, probablemente aplicado desde temprano. Antes de que cerrara la puerta, la secretaria se acercó y le confirmó que yo era el último paciente del día. Él le agradeció y le dijo que ya podía dar por terminada su jornada. Mientras la chica se retiraba, el doctor me explicó que, siempre que atiende el último turno, le gusta despachar al personal para cerrar él mismo el consultorio.
Me senté en un sillón cómodo frente a su escritorio espacioso e impecablemente organizado. Casi no había objetos sobre la superficie de madera oscura: solo destacaban el monitor de la computadora, un talonario de recetas alineado junto a la pluma y un portarretratos con la foto de su esposa acompañada de sus dos hijas. Al apoyar sus manos gruesas sobre la mesa, el brillo discreto de una alianza de oro en su anular izquierdo me llamó la atención por un instante. Acto seguido, me miró a los ojos, me saludó por mi nombre y me preguntó, con un tono curioso, qué me traía por allí esta vez.
Ya soy paciente suyo desde hace varios años. En mi primera consulta, yo todavía estaba casado con una mujer. El Dr. Oswaldo acompañó diversas etapas de mi vida y ha escuchado muchos de mis secretos, incluso sobre mi transición y mi actual matrimonio con otro hombre. Siempre se mostró extremadamente respetuoso, sin juzgarme jamás. Al contrario, desde la primera vez que le mencioné mi interés por la penetración anal, se tomó la molestia de darme valiosos consejos sobre cuidados y salud.
Empecé explicándole que desde hacía varios días sentía una molestia en la zona anal cada vez que iba a evacuar. Le conté que intenté ser penetrado en dos ocasiones, pero el intenso dolor me impidió continuar, y le mencioné que había notado un pequeño bulto justo en la entrada de mi anito, lo que me dejó preocupado por si se trataba de una hemorroide. La conversación con el Dr. Oswaldo siempre fluía con mucha facilidad. Además de conocernos desde hacía tiempo, rara vez usaba términos médicos fríos y prefería palabras más sencillas y cálidas. Siempre usaba términos cariñosos para referirse a mi zona anal, lo cual me parecía increíble porque rompía por completo la formalidad de la consulta, además de lo afectuoso que sonaba.
Escuchó todo con extrema atención y, en cuanto terminé de explicarle, me invitó a pasar al fondo de la sala para examinarme. Me pidió que me desnudara y así lo hice, sin pena alguna. Confieso que, en todas nuestras consultas, me sentía absolutamente cómodo desvistiéndome frente a ese oso inmenso, canoso y atractivo. Lamentablemente, la tensión del examen mezclada con el profesionalismo impecable del Dr. Oswaldo me dejaba tan bloqueado que no lograba excitarme, permaneciendo sin ningún signo de erección. Mi pene seguía completamente flácido ante el hombre con el que tanto había fantaseado.
Ahí estaba yo, totalmente desnudo en su presencia. Me miró a los ojos y me pidió que me acostara en la camilla de lado, con las nalgas hacia su dirección. Mientras me acomodaba, ajustó la luz de la lámpara, cubrió la camilla con papel servilleta y, ya con los guantes puestos, tomó un poco de gel lubricante para esparcirlo alrededor de mi anito. Empezó a masajear suavemente el bulto que le mencioné, evaluando la situación mientras me explicaba lo que creía que era.
Tras analizar con cuidado durante unos instantes, me avisó que aprovecharía la oportunidad para examinarme la próstata. Me pidió que me relajara bastante y, con el dedo índice, me penetró despacio, no más de medio dedo. Sentí la entrada sutil y cuidadosa hasta que la yema tocó levemente mi próstata, pero, para mi completa frustración, el examen no duró ni quince segundos antes de que se retirara. Se levantó, me avisó que ya podía bajarme y vestirme, y me extendió la mano apoyándola firme en mi nalga para sostenerme cuando casi me desequilibro. Me levanté y, antes de que pudiera notarlo cerca, ya había ido al baño a lavarse las manos y quitarse los guantes, dándome total privacidad para vestirme con calma.
Volvimos a la parte principal del consultorio. Él se acomodó en su escritorio y yo me senté en el sillón. Luego me tranquilizó diciéndome que no se trataba de una hemorroide, sino de una pequeña trombosis en una vena de esa zona. Explicó que un leve trauma debió haber provocado la ruptura del vaso y que la sangre, en lugar de ser expelida, se quedó atrapada formando el bulto. Comentó que es algo muy común y, como mencioné que no me penetraban desde hacía tiempo, agregó que difícilmente ocurría durante el acto, aunque no descartaba la posibilidad si el sexo ocurría de manera abrupta y sin suficiente lubricación. El doctor aclaró que este tipo de trombosis suele estar más relacionado con la alimentación y la consistencia de las heces, ya que hacer fuerza al evacuar heces muy duras puede causar ese tipo de trauma por el esfuerzo.
Se tomó el tiempo de recalcar que el tratamiento era sencillo, aunque tomaría unos días para que el bulto desapareciera por completo. Dijo que hasta podría drenar la ampolla de sangre para vaciarla de inmediato, pero que era preferible dejar que el cuerpo la reabsorbiera naturalmente, evitando el riesgo de infecciones en un área expuesta a bacterias. Me recetó supositorios de Proctyl por la mañana y por la noche antes de dormir durante diez días, además de un medicamento oral para mejorar la circulación y pautas para una dieta rica en fibra y frutas, asegurando heces blandas para facilitar la evacuación. Me pidió que regresara tras ese periodo para una nueva evaluación y sugirió esperar unos días más antes de volver a tener relaciones, evitando el riesgo de romper la lesión y causar sangrado.
A pesar de sus palabras reconfortantes, yo seguía tenso con la idea de tener complicaciones para practicar sexo anal en el futuro. Le expresé mi preocupación y él, con paciencia, me pidió calma y me aseguró que muy pronto volvería a mi rutina sin ningún problema. Cerró la conversación garantizando que, en menos de quince días, mi anito ya estaría perfecto de nuevo. La sonrisa en su rostro me llenó de alivio y confianza. Sabía como nadie cómo ganarse a sus pacientes.
Regresé a casa e inicié de inmediato el tratamiento, sintiendo mejoría desde los primeros días. Pasados los 10 días, el nódulo prácticamente había desaparecido. Agendé la cita de revisión muy entusiasmado. Y esta vez estaba de verdad emocionado: ya no sentía dolor, me moría por mostrarle mi anito sano al doctor y escuchar de sus labios que ya podía volver a entregar el culo. Llamé a su secretaria y aparte la cita para el día siguiente. Pero antes de ir a la consulta, me di un buen baño, me lavé muy bien las nalgas y me hice un buen lavado anal; al fin y al cabo, uno nunca sabe qué pueda pasar.
A la hora señalada de la cita ahí estaba yo, en el último turno del día. La secretaria confirmó mi asistencia en el sistema y me pidió que esperara. De nuevo, no aguardé ni 5 minutos cuando el Dr. Oswaldo me llamó y, como de costumbre, despidió a su secretaria y entré a su consultorio. Estábamos solos en el edificio.
Me acomodé en el sillón cómodo y el doctor me preguntó de entrada cómo estaba la situación de ese anito travieso. Me pareció súper tierno el modo en que lo dijo, me reí y solté de una que parecía estar listo para recibir verga. Soltó una carcajada sabrosa, genuina, mezclada con la leve sorpresa de quien no esperaba semejante espontaneidad sin aviso. A continuación, me pidió que me quitara la ropa y me acostara en la camilla.
Esta vez, sin embargo, el ambiente era completamente distinto. Sin los dolores de antes y sin la tensión de la primera visita, mi mente ya había fantaseado con mil escenarios antes de cruzar la puerta del consultorio. La expectativa hizo el trabajo de encender mi cuerpo: aunque no estaba erecto, mi pene ya no reposaba totalmente dormido, ganando un volumen notoriamente más abultado. En cuanto me desnudé y me giré hacia él, le fue imposible no notarlo. Su mirada bajó de inmediato a mi ingle, en un impulso involuntario que traicionó su postura profesional. Al darse cuenta del desliz, recompuso su expresión en un abrir y cerrar de ojos y me miró de vuelta, intentando disimular la evidente curiosidad que se le acaba de escapar.
Caminé hacia la camilla y me acosté de lado, dejando mis nalgas hacia el doctor. Repitió el procedimiento inicial con el gel lubricante, embarrando mi culo y masajeando la zona con cuidado mientras evaluaba la cicatrización. Comentó, en tono calmado, que el bulto ya había desaparecido por completo, pero me avisó que haría el examen interno para confirmar. Me pidió que me relajara y, de forma extremadamente lenta y ritmada, inició el tacto. Sus movimientos eran cuidadosos, circulares, avanzando poco a poco hacia adentro de mi culo hasta examinar toda la zona.
Sin las molestias de la consulta anterior y con la expectativa acumulada desde que pisé el consultorio, la sensación provocó una reacción inevitable en todo mi cuerpo. En poco menos de un minuto, el deseo se apoderó de mí y la erección se hizo completamente visible. Cuando concluyó la evaluación y se retiró despacio, me pidió que me levantara y me volvió a sostener para bajar de la camilla. Al voltearme de frente, fue imposible disimular mi estado: mi verga estaba completamente dura. El silencio apoderó la sala por un breve e intenso segundo, roto solo cuando intenté disculparme por la pena. El Dr. Oswaldo, sin embargo, sonrió de lado y me tranquilizó de inmediato, explicándome con su voz firme que esa era una respuesta física perfectamente natural y esperada, ya que la sensibilidad de esa zona responde directamente al estímulo y al placer, y como yo ya era una persona acostumbrada a sentir placer en esa parte, no era de extrañarse que pasara eso.
Me levanté y fui a vestirme, mientras el Dr. Oswaldo, una vez más, se dirigía al baño a lavarse y darme privacidad. Esta vez, no obstante, decidí tardarme un poco más antes de empezar a vestirme. No quería que notara mis intenciones; solo esperé tranquilamente su regreso.
Cuando volvió a la sala, terminó encontrándome justo en el momento en que terminaba de ponerme el bermuda. Todavía tenía la verga dura y, por un breve instante, sus ojos se le volvieron a escapar hacia abajo antes de recomponerse y retomar su postura profesional.
Sin comentar nada, caminó de vuelta a su escritorio. Terminé de vestirme y me acomodé de nuevo en el sillón frente a él.
Entonces el doctor empezó a explicarme que todo estaba perfecto y que mi anito se había recuperado por completo. Sin darme tiempo de interrumpir, continuó hablando sobre lo que probablemente había provocado el problema, los cuidados que debía mantener para evitar nuevas complicaciones y la importancia de seguir prestando atención a la alimentación y a la consistencia de las heces.
Por último, hizo una nueva receta, explicándome que sería solo para tenerla guardada en caso de que un cuadro similar volviera a ocurrir. Si eso pasaba, podía repetir el mismo procedimiento que había seguido esa vez.
Lo escuchaba atentamente, pero no podía dejar de pensar en aquel breve instante en que nuestras miradas se cruzaron después del examen. Había sido demasiado rápido para significar algo... pero, para mí, había sido suficiente para alimentar aún más la fantasía que llevaba conmigo desde mucho antes de esa cita.
Cuando finalmente el doctor hizo una pausa, aproveché para resolver unas dudas más ligeras sobre el problema. Le pregunté, por ejemplo, si podía seguir comiendo picante, ya que siempre me han gustado mucho los platillos picantes.
Respondió tranquilamente que no había problema en consumir pequeñas cantidades, pero reiteró que, como en casi todo en la vida, los excesos podían terminar siendo perjudiciales.
Aclaré algunas dudas más antes de hacer finalmente la pregunta que realmente me interesaba:
— ¿Y la penetración? ¿Ya me da de alta?
Ni siquiera mostró nerviosismo. Con la misma tranquilidad y profesionalismo de siempre, explicó que podía retomar mis actividades normalmente, siempre y cuando tuviera los cuidados básicos, principalmente usando bastante lubricante y evitando cualquier situación que pudiera causar un nuevo trauma.
Fue entonces cuando empecé, poco a poco, a llevar la conversación por otro camino.
Le pregunté si no me había quedado ninguna cicatriz, diciéndole que me preocupaba la posibilidad de que mi anito hubiera quedado diferente después de todo. Inventé algunas preocupaciones sobre marcas, apariencia e incluso le pregunté si creía que esa zona podía verse fea tras el problema.
Me tranquilizó de inmediato.
Dijo que todo estaba perfecto, que no había ninguna marca de qué preocuparse y que la recuperación había sido excelente. Entonces, casi por casualidad, cerró la explicación con una frase que me tomó completamente desprevenido:
— Tu anito está lindo y perfecto.
Era exactamente la entrada que necesitaba.
Con una sonrisa juguetona, decidí arriesgarme:
— Doctor... si a usted le gustara este tipo de cosas, ¿se comería un anito como el mío?
Ni lo pensó.
Me miró fijamente y me respondió, con la mayor naturalidad del mundo:
— ¿Un anito lindo y rosadito como este? Claro que me lo comería.
Por unos segundos, me quedé helado.
Esa respuesta, dicha con tanta seguridad y frescura, hizo que mi corazón se me saliera del pecho. Todo lo que hasta ese momento estaba guardado en el terreno de mis fantasías parecía cobrar una posibilidad nueva e inesperada.
Inmediatamente después de decir eso, los dos nos reímos de la situación. Yo, sin embargo, no quería dejar ir esa oportunidad. Había algo en esa respuesta que había cambiado por completo el ambiente, y decidí seguir coqueteando, intentando descubrir hasta dónde podía estirar esa aparente calma profesional.
Lo miré con una sonrisa maliciosa y le pregunté:
— Usted, con toda esa experiencia en el área, debe saber exactamente cómo hacer para no lastimar, ¿verdad?
Respondió con una naturalidad casi desconcertante, buscando traer de inmediato la plática de vuelta al terreno profesional:
— Sí. Ya he visto mucho anito lastimado por aquí. Uno tiene que saber exactamente cómo examinar para no causar dolor o molestia a los pacientes.
La respuesta vino acompañada de ese tono firme y seguro que solía usar durante las consultas. Era evidente que estaba intentando poner distancia entre nosotros de nuevo, como queriéndose recordar a sí mismo, y tal vez a mí, que seguía siendo el médico sentado frente al paciente.
Y, pensándolo bien, era perfectamente comprensible.
Con tantos años de experiencia en la profesión y más de dos décadas atendiendo en ese mismo lugar, no era sobrepasando los límites con los pacientes como había construido su reputación. Al contrario: todo el respeto que yo le tenía venía justamente de esa postura segura, seria y extremadamente profesional.
Pero yo aún tenía la esperanza de encontrar una rendija en esa pared.
En lugar de echarme para atrás, decidí ser todavía más directo. Respiré profundo y le pregunté, sin pena alguna:
— Pero, doctor... ¿usted ya se ha comido un culo alguna vez?
Esta vez, finalmente logré tomarlo con las manos en la masa.
Noté el instante exacto en que tragó grueso. Sus ojos se me quedaron viendo por unos segundos, como si estuviera midiendo cuidadosamente qué responder. Luego, desvió la mirada y contestó de la manera más simple posible:
— Sí. Pocas veces.
La respuesta cayó entre nosotros y dejó la sala hundida en un silencio extraño.
Pareció repentinamente interesado en cualquier cosa sobre la mesa. Le movió a la computadora, revisó algo en la pantalla y acomodó unos objetos sin necesidad alguna. Yo conocía esa conducta: era como si estuviera buscando la manera de cortar discretamente el tema antes de que la conversación fuera a más.
Pero yo ya había llegado demasiado lejos como para cambiar de tema así como así.
Necesitaba actuar antes de que ese momento se esfumara.
Lo miré de nuevo y, con la cara más inocente que pude poner, le solté otra pregunta:
— ¿Y la verga de usted es muy grande?
Esta vez, la reacción fue aún más evidente.
Peló los ojos y me miró un instante, claramente sorprendido por mi descaro. Un leve rubor le apareció en la cara antes de recuperar la compostura.
Entonces me contestó con una humildade casi graciosa:
— Para nada... es bien normal.
Esa respuesta solo aumentó mi curiosidad.
Había respondido. No se había molestado, no había cortado la consulta, no me había dicho que me detuviera. Seguía ahí, intentando mantener la neutralidad mientras yo avanzaba más y más.
Sonreí discretamente.
Entonces, tras unos segundos que parecieron mucho más largos de lo que realmente fueron, decidí jugármela toda en una última pregunta.
Me incliné un poco hacia adelante, manteniendo mis ojos fijos en los suyos, y le dije:
— ¿Puedo verla?
Por unos segundos, solo se me quedó viendo.
La pregunta parecía haber atravesado por completo la última capa de seguridad que venía intentando mantener desde el inicio. Sus ojos se quedaron clavados en los míos, mientras una expresión de sorpresa le brotaba lentamente en el rostro.
Abrió la boca como si fuera a contestar de inmediato, pero se arrepintió. Respiró hondo, miró hacia otro lado un instante y se pasó la mano por la barbilla, visiblemente tratando de decidir cómo reaccionar ante semejante atrevimiento.
El silencio que siguió se sintió mucho más pesado de lo que realmente fue.
Entonces soltó una risita, más nerviosa que divertida, y me volvió a mirar.
— De verdad que tú no tienes pena de nada, ¿eh?
Sonreí, sin echarme para atrás.
— Usted fue el que dijo que era normal. Me dio curiosidad.
Sacudió la cabeza, aún com esa sonrisa discreta. Por un momento, parecía debatirse entre regañar mi atrevimiento o simplemente seguirme el juego.
— ¿Tú viniste a una consulta o a hacerme una entrevista?
— Creo que primero vine por lo de mi anito —le respondí, manteniendo la sonrisa—. El resto se dio solo.
Esta vez, se rió de verdad.
La tensión no desapareció, pero había algo distinto en la mirada que me lanzó después de la risa: una pausa un poco más larga, una duda que no estaba presente al principio de la cita.
Y fue justamente esa pequeña duda la que me hizo darme cuenta de que, por primera vez, tal vez había logrado sorprenderme de verdad.
Le insistí, decidido a romper esa última barrera y, al mismo tiempo, aprovechar la duda que claramente le había surgido sobre enseñármela o no.
Él entonces se echó para atrás en la silla, apoyando un brazo en el escritorio. Se quedó unos segundos mirando fijamente la madera, pensativo, como midiendo cuidadosamente qué hacer a continuación. Yo me quedé en silencio, observando cada pequeño movimiento suyo, intentando no demostrar lo ansioso que me ponía la espera.
Después de unos momentos, finalmente levantó la mirada y me volvió a encarar. Una sonrisa discreta le asomó en la comisura de la boca. Negó con la cabeza despacio, como quien todavía no cree en el lío en el que se había metido, se levantó de la silla y caminó hacia la puerta.
En ese momento, se me eló el estómago.
Pensé que me había pasado de la raya. Tal vez había decidido dar por terminada la cita, pedirme que me fuera y ponerle punto final a esa conversación antes de cruzar cualquier límite. Por unos segundos, tuve la certeza de que había echado a perder mi oportunidad.
Pero la sorpresa vino justo después.
Al llegar a la puerta, llevó la mano a la cerradura y le dio la vuelta a la llave, asegurándola por dentro. Luego revisó discretamente si de verdad estaba cerrada y se quedó ahí un instante antes de voltear a verme otra vez.
Me le quedé viendo, sin saber exactamente qué pensar.
Éramos solo nosotros dos en ese edificio vacío y, aun así, acababa de garantizar una privacidad que, hasta hacía unos segundos, ni parecía necesaria.
Entonces caminó despacio hacia mí, sin decir una sola palabra.
En ese instante, tuve la certeza de que finalmente había entendido mis intenciones. Ya no se trataba de simple curiosidad y los dos lo sabíamos. Después de tantas miradas, provocaciones y preguntas cada vez más atrevidas, parecía haber decidido aceptar ese momento que yo había imaginado tantas veces.
Seguí sentado en el sillón, siguiendo cada uno de sus pasos.
Cuando estuvo bien cerca de mí, el Dr. Oswaldo desabotonó su bata y la echó para atrás. Mi cabeza, que hasta entonces permanecía inclinada mientras le sostenía la mirada, bajó lentamente, acompañando sus movimientos.
Lo primero que me llamó la atención fue esa barriga enorme y suave, que parecía ocupar aún más espacio al acercarse. La camisa de vestir estaba estirada sobre ella, casi desafiando los botones, y, entre algunas de las rendijas, se podían ver pequeños pelos canos escapándose de la tela, delatando el abundante pelaje de ese hombre.
Luego se abrió el cinturón de cuero.
El sonido de la hebilla retumbó fortísimo en ese silencio.
En seguida, se desabrochó el pantalón de vestir negro y se bajó el cierre. Yo lo observaba todo sin poder desviar los ojos, tratando de guardar cada detalle de ese momento en la memoria.
Al soltar el pantalón, este se le deslizó lentamente por sus muslos gruesos y peludos, dejando al descubierto su bóxer blanco. La camisa aún le tapaba gran parte del cuerpo, pero poco después se la levantó, dejando al aire esa panza grande, peluda y canosa que yo tanto había imaginado.
El pequeño bulto dentro de su bóxer confirmaba su modestia, demostrando que en verdad no era tan grande. Sin embargo, sus huevos, esos sí hacían un bulto tremendo bajo la tela blanca, con las bolas amontonadas hacia un solo lado.
Empezó entonces a bajarse la trusa, y a mí el corazón se me quería salir por la boca. Las ganas eran de abalanzarme de una vez, pero me aguanté la emoción y esperé a que él llevara el ritmo a su manera.
Poco a poco, el matorral de pelos blancos se fue revelando ante mis ojos. No estaban recortados; estaban naturalmente largos, justo como me imaginaba que debía ser el pelaje de un oso de semejante calibre.
A continuación, el cuerpo flácido de su verga se fue asomando hasta quedar completamente expuesto. La cabeza seguía totalmente cubierta por el prepucio. El grosor correspondía a lo que me había dicho, de tamaño mediano. Estaba completamente dormida, era del tipo "Shower", un buen pedazo colgando, mientras las bolas aún seguían parcialmente protegidas por la tela blanca.
Admiré esa escena por unos instantes, respetando al Dr. Oswaldo, sin tocar su linda verga dormida. Luego levanté la cabeza, me di cuenta de que me miraba fijamente y le pregunté:
— ¿Puedo agarrársela?
Él solo asentó con la cabeza. Volví a mirar su pinga y la envolví con la mano derecha. Estaba bien caliente, suave y sabrosa de agarrar; a pesar de seguir floja, tenía buen tamaño y me llenaba la palma. Con la mano izquierda, decidí ser atrevido y le bajé el bóxer por completo, revelando finalmente el tamaño de sus huevos: las bolas eran grandes, más bien enormes, bien guindadas, peludas y canosas. Empecé a masajearlas con cariño, notando que apenas me cabían en la mano.
En muy poco tiempo, sentí cómo el garrote crecía y ganaba cuerpo bajo mi contacto. Le eché el prepucio para atrás, dejando al descubierto un glande morado que contrastaba a la perfección con el tronco claro. Volví a mirar al doctor y le pregunté si podía darle un beso ahí. Él solo se rió, dándome luz verde. Acerqué mi nariz a la punta para oler su masculinidad: tenía un aroma natural y excitante, una verdadera invitación a degustarlo. Empecé con un beso suave en la pura puntita y lo fui engullendo con calma y delicadeza. Ese inicio bastó para sacarle un suspiro profundo al buen doctor.
La verga no paraba de crecer. En unos cuantos segundos estaba dura como una piedra, hinchada de placer y, para mi sorpresa, prácticamente había duplicado su tamaño. Definitivamente no era tan modesta como el Dr. Oswaldo había dicho.
Le agarré los huevos con la mano izquierda y apreté despacio, solo hasta que la presión le sacó un gemido sin pena. Me tragué el garrote con ganas, mamando con fuerza, y el sabor salado de su arrechera se me esparció por la lengua. Mi mano derecha se abriós paso por su barriga, sintiendo lo denso de sus pelos plateados, y subió hasta dar con su pezón grueso, ya duro por el deseo. El pecho estaba caliente, áspero bajo mi palma, y cada pellizco hacía que se le contrajera la panza. Le acaricié las axilas peludas, húmedas de sudor, tal vez por el mismo nerviosismo del momento.
La bata terminó de caer. La camisa vino después, botón por botón, hasta ir a dar al suelo. Me detuve un segundo, con la boca toda escururrida en baba de macho, solo para contemplar a ese oso, prácticamente desnudo frente a mí, sonriéndome, con el pecho descubierto y la respiración agitada. Luego volví a lo mío. La verga le palpitaba contra mi lengua y el líquido le salía más espeso, mezclándose con mi saliva; estaba a punto de venirse. Él entonces me agarró la cabeza con las dos manos, jalándome hacia atrás para zafar su verga de mi boca, y me dijo con voz baja:
— ¿No querías que me comiera tu anito?
Su pregunta era una invitación. Me levanté de una y me empecé a quitar la ropa. El Dr. Oswaldo me mandó a acostarme en la camilla, en la misma posición del examen de hacía rato. Terminó de quitarse el bóxer y el pantalón, las últimas prendas, y se me acercó a las nalgas abiertas, vulnerables, entregadas. Esta vez, sin guantes, me embarró bastante gel en el anito. Sus dedos hacían círculos lentos mientras me explicaba, en voz baja, cómo entrar con cuidado para no lastimarme.
Sentí el dedo otra vez, igual que en la revisión, pero esta vez sin prisa. Entró completo y me masajeó al fondo, en el punto que él ya sabía que me ponía loco de deseo. No tardó: el segundo dedo forzó la entrada, con un ardor corto, aguantable. El tercero resbaló más fácil y aun así me sacó un gemido duro. La verga me dolía de lo dura que la tenía, parecía palo, bote y bote líquido previo, empapando la camilla. Él se detuvo. Esperó. Solo cuando se me bajó la respiración fue sacando los dedos, uno por uno.
Lo que vino después era más caliente y más grueso. El Dr. Oswaldo se pasó la cabeza de la verga por el gel, sobándola despacio por los pliegues, y me repitió que ese tiempo era para que el cuerpo cediera. Yo sentía cómo el culo intentaba cerrarse alrededor de semejante poste. Me muevo, le empujé las nalgas contra él, ya sin pena de pedírselo. Él lo sabía. Esperó hasta que los gemidos se me volvieron súplica.
Sus manos reposaron en mis nalgas. En un movimiento firme y parejo, empezó a entrar. No fue solo la cabeza: fue metiendo el garrote entero, centímetro a centímetro, despacio, pero sin parar. El dolor y el placer se me juntaron, yo gemía bajito y él me decía que podía gemir todo lo que quisiera, que nadie nos iba a oír. Me solté y confié en su ritmo. No tardó en sentir el calor de su panza peluda pegándose a mis nalgas. Estaba todo adentro.
Se quedó quieto. La verga le palpitaba al fondo, abriéndome los pliegues, y yo se la apretaba de vuelta, mordiéndole el palo con el culo, sacándole un gemido ronco.
El Dr. Oswaldo sabía lo que hacía. Esperó, inmóvil, hasta que el anito cedió alrededor de la verga y el ardor se volvió calor. Sin aviso, empezó a salir. La sacó casi toda, dejó solo la cabeza adentro, y volvió a enterrarla de un solo golpe, más profundo, más fuerte. Su cuerpo chocó contra el mío. Pegué el grito. Sentí por fin el peso de ese hombre, la panza caliente chocándome las nalgas, la verga abriéndose paso sin pedir permiso. Repitió. Volvió a darme. Y otra vez. Y otra vez. Ahora sí me estaba cogiendo de verdad, al ritmo que le daba la gana. El sonido de los nalgazos llenó el cuarto, mezclado con mis gemidos y sus rugidos roncos, desatados. El Dr. Oswaldo no se aguantaba. Gritaba de la pura arrechera cada vez que me la metía hasta el fondo.
Parecía que se iba a venir. Pero, con la verga entera enterrada en mi culo, se paró. En un movimiento brusco, me agarró las piernas y me las jaló hacia arriba, casi tumbándome de la camilla. Las nalgas me quedaron en la pura orilla. Me pasó las piernas alrededor del cuello, se acomodó, me miró a los ojos y soltó una sonrisa morbosa. Se alejó solo lo suficiente para sacarme la verga dura y embarrada. Le echó un ojo al anito abierto, latiendo, y me dijo:
— Definitivamente está totalmente recuperado.
Casi sin cerrar la boca, apuntó el garrote a la entrada y me lo clavó. Sentí la cabeza chocar al fondo y su cuerpo venírsele encima, más fuerte, más hondo. Ahora eran mis gritos los que retumbaban en la sala, junto con el sonido de sus huevos chocando contra mis nalgas. El Dr. Oswaldo me daba por el culo sin piedad, agarrándome las piernas con fuerza, con los ojos cerrados, la boca abierta, disfrutando cada centímetro de ese culo abierto, y ahí se quedó por varios minutos. Largos minutos.
Las piernas ya se me estaban durmiendo y el culo me empezaba a arder. Intenté quitármelas de los hombros. El Dr. Oswaldo me agarró las dos, me las bajó y la verga se le salió de golpe. El descanso duró un segundo. No me dio tiempo de recuperarme. Me bajó de la camilla, me volteó de espaldas, con el pecho contra el colchón y las nalgas bien paradas para él. Me jaló los brazos hacia atrás, me los dobló sobre la espalda y me inmovilizó. Acomodó ese tronco grueso otra vez en mi culo ya abierto, hinchado, sin pliegues. El cuidado de antes se había acabado. Solo quería su propio placer. Volvió a darme con ganas. Mi verga y mis huevos rebotaban contra el borde de la camilla con cada embestida del oso. El anito estaba tan empapado de deseo que el sonido mojado llenaba la sala, más duro que cualquier gemido. Ni él ni yo gemíamos ya. Esperábamos el final. Y yo sabía que solo terminaría cuando el Dr. Oswaldo me inundara el culo con la leche que llevaba guardando desde hacía días.
El sonido de los bombeos empezó a competir con los gemidos del Dr. Oswaldo. Bajitos al principio, fueron subiendo. Sentí cómo la verga se le engrosaba y el culo le cedía un poco más alrededor. Las estocadas se volvieron más firmes y el ardor regresó. Me soltó los brazos para agarrarme las nalgas. Se le clavaron los dedos en la carne. A cada metida, un rugido grueso, ronco. La intensidad subía y el dolor en el culo venía junto. Empecé a gemir junto con él. Fueron 10 minutos más de penetración; no sabía de dónde le salía tanta fuerza a un hombre de ese tamaño y de esa edad. Entonces reventó. Un rugido ensordecedor. Se vino en lo más hondo y cada chorro venía con un empujón brutal, como si me quisiera partir a la mitad. Me inyectó la leche lo más profundo que pudo, parecía que me quería preñar, llenándome el culo hasta no dejar espacio para que se escapara ni una gota. La verga le palpitaba adentro. Le conté al menos seis chorros. Ese hombre, casado desde hacía tanto tiempo, no disfrutaba de un culo así desde hacía años, tal vez ni de una panocha. Su satisfacción también era la mía. No hay placer más grande que darle placer a otro hombre.
Nos quedamos enganchados un rato. Yo le apretaba el garrote con el culo, despacito, y él se reía bajito. Estábamos relajados. Los gritos de hacía un momento le habían dado paso a la respiración agitada de los dos. El Dr. Oswaldo recostaba su cuerpo pesado sobre el mío, sin prisa por salir. Poco a poco sentí cómo la verga se le iba desinflando hasta salirse sola. Se hizo a un lado. Me volteé para contemplarlo. Me quedé apreciando esa vista perfecta por un buen rato. El oso estaba satisfecho, agotado, empapado en sudor, y la verga aún medio dura, embarrada, goteando semen. Era mi deber dejarle ese garrote limpio. Me le acerqué despacio, me hinqué ante ese dios y le me metí la verga a la boca. Le mamé las últimas gotas, saboreando el gusto dulce de ese macho, mientras recibía mi recompensa: sus manos grandes y pesadas acariciándome la cabeza. Le apreté la pinga ya aguada y le saqué una última gota. Se rió:
— Sí que te gustó, ¿eh?
Alcanzó entonces una caja de toallitas húmedas y me las ofreció para que me limpiara. Fue al baño del fondo y yo lo seguí. Apoyó los huevos y la verga sobre el lavabo y se la empezó a lavar. Yo lo miraba admirado. Una estampa hermosa. Notaba que lo miraba y no me decía nada, solo sonreía. Terminamos de limpiarnos y nos fuimos a vestir.
Se sentó al escritorio, agarró un agua del minibar y me ofreció una. Nos quedamos platicando un rato. Me dijo que hacía mucho no sentía un culo y, para mi sorpresa, me confesó que nunca se había acostado con un hombre. Fingí asombro. No me creía que semejante rendimiento fuera de primerizo. Pareció notarlo. Me explicó que la forma en que llevé la plática, la confianza de años como paciente, el hecho de que yo también estuviera casado y el largo tiempo que llevaba sin sexo lo habían hecho ceder. Dejó claro, eso sí, que no lo repetiría. No había sido ético. Estuve de acuerdo. Le pedí disculpas por haberlo acosado de esa manera. Me dijo que me despreocupara: a pesar de todo, había estado muy bueno. Le agradecí la consulta y la cogida, y nos despedimos. Intenté darle un piquito. Se negó. Lo entendí y no me molesté.

Salí del consultorio con el cuerpo todavía resentido: el culo ardiendo, el sabor de él en la boca. Afuera de su privado, el aire acondicionado me enfrió el sudor de la nuca. El Dr. Oswaldo no me acompañó a la puerta. Detrás de mí, sonó la cerradura, y ese sonido seco dejó claro lo que la negativa del piquito ya había dicho. Eso se había acabado ahí. Saliendo del edificio sentí, por debajo de la trusa, su leche todavía caliente, escurriéndome despacio. Sonreí para mis adentros. No se iba a repetir. Pero tampoco se me iba a olvidar.






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